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Un país deprimente

Posted by Ramiro Duran en mayo 24, 2008

Alejandro Olmedo ZumaránNo obstante estar primero para subir a un colectivo, dejo el paso a una señora, quien sube sin hacer ningún comentario.

Al ascender veo una mujer ubicada al lado de la máquina expendedora de boletos mientras le da de comer a sus dos hijas, sentada una sobre la comba que sobresale del piso por la rueda y la otra en el mismo piso en el medio del transporte. La madre alcanzándoles un pebete y un cartoncito de jugo interrumpe la circulación e impide que los que intentamos sacar el boleto podamos hacerlo.

El conductor nada dice, la gente que sube tampoco. Al intentar explicarle a la señora que no debería interrumpir el paso como lo esta haciendo, me doy cuenta que no presta la mas mínima atención a mis palabras.

Frente a la puerta del medio del vehículo, por donde debo descender, encuentro un adolescente sentado en uno de los escalones.

Nadie dice nada al joven, que impertérrito continúa imbuido en el sonido que emana de su mp3, los pasajeros optan unánimemente bajar por el otro costado de la escalera, así sean dos, tres o cuatro. Nuevamente intento explicarle al personaje que no puede estár sentado por donde los pasajeros deben descender. El muchacho levanta la cabeza y me contesta: “Qué sos vos, policía”.

De pronto el colectivo frena y me caigo encima de un señor al que casi aplasto, otra señora se cae pero logra pararse por sus propios medios, nadie acude en su ayuda. Al bajar camino una cuadra y entro en una farmacia, saco el número y espero ser atendido, compro lo que necesito y de ahí me dirijo a la caja a abonar, hago la cola y espero el turno pero un cliente que está detrás usurpa mi lugar, a pesar de que no era su turno. La empleada igualmente lo atiende, le digo que era mi turno y que no estaba bien lo que hacía, pero tanto empleada como cliente me ignoran y actúan como si nada pasara.

Al lado de la farmacia hay una panadería donde regularmente compro medialunas y pan, siempre la misma cantidad, cuatro fondas y seis medialunas, la empleada me pregunta sino quiero caseritos, miro y compruebo que cuestan lo mismo que los fonda y contesto que sí, sin embargo cuando pago la cuenta noto que la misma sale dos pesos más. Le pregunto a la empleada qué me había cobrado y rápidamente ella contesta: 4,80 la media de medialunas y 1 peso cada caserito.

Muy molesto le digo que cada unidad de pan fonda cuesta 0,60 centavos y que ese era el precio que figuraba para los caseritos, a lo cual responde: “ah no, cuestan 1 peso cada uno”. Entonces le indico que debería haberme alertado que los “caseritos” no costaban lo mismo que los fonda aún cuando figuraban a 0,60 centavos.

Para amenizar estos avatares decido tomar un café en dónde lo hago regularmente y leer el diario unos minutos. Entro a la confitería y saludo a la moza y ella me contesta: “Qué va a tomar”, un café y una medialuna de grasa respondo. Me dirijo al lugar donde están los diarios y todos están desarmados y algunos rotos. Un señor sentado en una de las mesas tiene dos, le pido si me presta alguno y me dice que lo va a leer inmediatamente, insisto y le digo que por favor me de el uno o el otro, ya que no tenía nada para leer, visiblemente molesto el lector se levanta y dice me voy aquí no se puede leer.

Al salir de la confitería cruzo la calle y un automovilista acelera hacia mi persona y frena de golpe, insultándome a pesar de que yo cruzo por la senda peatonal, respondo a la agresión diciendo que el paso lo tengo yo y el sujeto responde: seguí así que te van a pasar por arriba.

Se podría escribir un libro sobre las patéticas conductas argentinas pero ¿porqué he efectuado este relato? Intento explicar y hacer que tomemos conciencia de que los culpables no son solo los políticos, los Menem, los Kirchner, los Duhalde, los Alfonsín, los De la Rúa sino que el problema somos nosotros, los argentinos…

Días atrás hablaba con una ahijada que vive fuera del país hace 7 años y me decía que extrañaba. Le contesté que se hace difícil extrañar esto y que si lo quería comprobar que venga y se quede un tiempo, lo instantáneo que me acoto fue pero la amistad, la solidaridad de los argentinos.

¿Que amistad, qué solidaridad?

Acá los amigos son muy pocos y la solidaridad casi no existe. Lo comprobamos en los hechos que describí más arriba, aquí cada uno tira para su lado y el de sus allegados, el bien común no existe ni interesa y esto puede aplicarse tanto a los políticos como a la mayoría de la ciudadanía.

Nos quejamos y maldecimos a los políticos: mirá quién nos preside; este no puede ser nada y es legislador; aquél llegó a juez y tardó doce años para recibirse, pero estos presidentes, legisladores y jueces salen de la Argentina que acabo de describir más arriba.

La Argentina me produce una gran tristeza cuando pienso en lo qué podría ser y veo lo que es.

Argentina es un país degradado, devaluado, tanto económica como moralmente. No hay futuro para nuestros hijos ni para nosotros, solo lo hay para quienes mueven los hilos del poder y sus adlátares.

El cambio no debe ser sólo político sino social y moral, pero no hablo de la moral de ir a misa los domingos, hablo de la moral que hace que comprendamos que hay que cumplir las normas, ayudar al prójimo, no pensar únicamente en el beneficio personal sino en el de todos, no permitir que ningún gobernante use la Constitución Nacional como un trapo aunque esto nos haga ganar menos.

Entender que el crecimiento económico no puede combinarse con el incumplimiento constante de las leyes de la Nación y de la Constitución y si así se hiciera la obligación es denunciarlo y no quedarnos callados porque ganemos unos dólares o euros, nos posibilitará volver a ser el país de la esperanza. Quienes venían aquí crecían y progresaban. Hoy, por el contrario, es un país deprimente del que muchos piensan irse, porque no da oportunidades de crecimiento a los jóvenes ni a los mayores.

Intentar cambiar este presente deprimente depende pura y exclusivamente de nosotros y no solo de los gobernantes, tenemos que asumir que somos mayores, que tenemos derechos y obligaciones que cumplir, sin desligarnos de las responsabilidades que correspondan.

Solo el día que asumamos nuestro compromiso cívico de ser ciudadanos con las correspondientes obligaciones y los derechos que nos pertenecen podrá la Argentina volver a ser el país de la esperanza y del progreso.

Mientras tanto la depresión es nuestro presente.

Autor:Alejandro Olmedo Zumarán

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