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Imaginemos

Posted by Ramiro Duran en marzo 9, 2008

Carlos MiraLa sociedad argentina parece haber llegado a ese punto en donde, libremente, rechaza lo que más le convendría. En este escenario, pensar un futuro diferente es, sencillamente, pura imaginación.


“Estoy aquí para devolverles lo que han perdido. Soy el redentor de sus libertades olvidadas. Desde ahora, recuperarán el control sobre sus propias vidas, sobre sus sueños, sobre lo que quieren hacer con ustedes mismos y sobre las herramientas, los caminos y los planes que quieran implementar para ser felices. Su vida, con todo lo que ello implica, vuelve a ser de ustedes.”

Imaginemos estas palabras en boca de un enviado llegado desde horizontes desconocidos para desmontar la maraña de redes que atrapa las mejores fuerzas de la sociedad argentina. Pensemos por un segundo en el hipotético caso de alguien con la suficiente autoridad como para reinvestirnos de los derechos conculcados, de las fuerzas vitales dormidas, del señorío sobre nuestro propio futuro.

¿Cuál sería la reacción de la sociedad?, ¿qué actitud tendrían los millones de personas que han repetido como loros los versos de la “liberación” y reclamado el “fin de la opresión”?, ¿tendríamos acaso manifestaciones de alegría porque por fin nuestra tutela ha terminado?, ¿saldríamos raudos a empezar a poner en práctica nuestros planes de vida, a definir individualmente la felicidad y a buscar maneras honestas de relacionarnos con nuestros semejantes para que de esa interacción surja el mejor provecho para todos?

¿O, al contrario, caeríamos en una profunda incertidumbre, en el desasosiego propio de los que han perdido toda referencia en la vida, en la vaguedad característica de los huérfanos a destiempo, en esa sensación amarga del que no tiene brújula, ni embarcación, ni capitán? Anoticiados de la orfandad, ¿saldríamos a llenar el espacio que ocupaba el opresor con un sistema ordenado de civilización que nos asegure la perdurabilidad de nuestra soberanía individual y del discernimiento propio para organizar, a partir de él, una vida ordenada y balanceada en donde todos nos sintamos parte de un todo sin por eso perder nuestra propia vida? ¿O, al contrario, repondríamos al opresor, pidiéndole por favor que no nos abandone y que se siga ocupando de nosotros hasta los más mínimos detalles de nuestra existencia, entregándolo, para ello, todas las prerrogativas que necesite?

Los antecedentes –incluso los más recientes- no permiten apostar demasiados boletos a la primera presunción. Esas costumbres hechas carne y hueso en el alma nacional parecen inclinar fuertemente la balanza hacia las probabilidades de la segunda descripción. La sociedad parece haber llegado a ese punto en donde, libremente, rechaza lo que más le convendría.

Lo más probable es que miles de voces se alzaran ante “el enviado” pidiéndole que por favor no nos entregue la facultad de manejar nuestras propias vidas. “Por favor, Señor, de eso, ocúpese usted.”

¿Por qué se han verificado en la Argentina los extremos necesarios como para que la gente prefiera el rebenque adoctrinador a la posibilidad de hacer lo que uno desee dentro de la ley?, ¿por qué la ley, justamente, ha ido transformando en ilegal una serie de actividades, de resultas de lo cual, hoy, el no poder hacer lo que uno quiere no solo se debe a una abulia individual sino a una prohibición expresa del orden jurídico?

En la averiguación de estos interrogantes se hallan las respuestas a lo que para muchos es el misterio argentino: la situación inexplicable de un país dotado naturalmente como pocos, poblado por gente aparentemente normal, con niveles educativos superiores incluso al de muchos de sus vecinos, que sin embargo no ha dejado de hundirse desde hace 70 años.

Las arbitrariedades que bajo el gobierno K van adquiriendo ribetes francamente desopilantes –como el de hacernos creer índices que no existen, el insistir en imposiciones imperiales bajo amenazas de castigos impiadosos, el gobernar sobre la base de la mentira, el capricho y el temor, la negación de la realidad mundial y el aislamiento, la parálisis exasperante frente al avance del delito, las oscuridades nunca explicadas en el manejo de los dineros públicos, el enriquecimiento flagrante de la nomenklatura pública y sus cortesanos privados- no son otra cosa que lo que la sociedad entrega gustosamente a cambio de que “alguien” se ocupe de ella. Naturalmente eso no ocurre porque el tiempo es uno solo y hay que dedicarlo a ser creativo para el saqueo de provecho propio. Pero la manada ha descendido un escalón y ya ni siquiera reclama que se ocupen de ella efectivamente. Apenas se conforma con la apariencia. Mientras el “Patrono” hace como que le da, la sociedad hace como que recibe.

El humillante contrato de perder el gobierno de la propia vida a cambio de que alguien nos resuelva todos nuestros problemas, denigrante de por sí, ya ni siquiera puede blandirse en defensa de los más débiles o de aquellos menos dotados para defenderse solos. Ese contrato ya no está en vigencia en todo lo que atañe a los “derechos” de la sociedad. Esta no recibe nada. Ni salud, ni educación, ni seguridad, ni un piso de vida digno en la vejez. Todos esos “placeres” colocarían la mente individual en un estado de tranquilidad que podría tornarse peligroso para el “Patrono”. Millones de personas liberadas de la preocupación por su salud, su educación, su seguridad y su vejez, podrían dedicar esa energía y ese tiempo que ahora les lleva estar preocupadas por todo ello a…. pensar. Y millones de personas pensando no son del agrado de ningún agitador de rebenques.

¡Qué cruel paradoja la de la sociedad argentina!: arrinconada por una pusilanimidad alarmante o por una comodidad lindante en la vagancia, le entregó mansamente a sucesivos “patronos” los horizontes de su vida. Libre y voluntariamente se deshizo uno a uno de los derechos más preciados que la civilización moderna ganó para el individuo y los entregó a un mandamás en la esperanza de que semejante precio le retornara en comodidad y en el verse liberada de la pegajosa tarea de diseñar la vida propia.

Pero como los contratos con el diablo nunca terminan bien, por enormes que parezcan las ofrendas, hoy se ha quedado sin derechos, sin vida propia, hundida en las preocupaciones que perseguía eliminar con su generoso desprendimiento y presa de los humores de un Patrono tan inmisericorde para hacer el mal como mediocre para hacer el bien.

Autor:Carlos Mira

Fuente: economiaparatodos.com.ar

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