Adoctrinados en los Setenta

Agustin LajeCon más de tres décadas de diferencia temporal, hablar de los años 70` o hablar del presente, pareciera ser lo mismo. En noticias o en telenovelas; en radios o en ‘hits’ musicales de moda; en discursos políticos o en una simple y cotidiana conversación de sobremesa. El tiempo pareciera no haber transcurrido, vivimos anclados en un eterno presente, o en un eterno pasado, según como se lo mire.

En 1983 la democracia como forma de gobierno retorna a nuestro país encarnada en la figura presidencial del Dr. Raúl Alfonsín, y a partir de allí, en lugar de avanzar hacia un futuro promisorio y de unidad, se inauguró una suerte de revisionismo malintencionado sobre lo acaecido durante el gobierno saliente, haciendo especial hincapié en materia de Derechos Humanos. Es dable aclarar que no fue por azar que Alfonsín diera comienzo al sinfín de distorsiones y omisiones imprescindibles referidas a la guerra contra la subversión (proceso que luego se transformara en asfixiante adoctrinamiento), puesto que el mismo líder radical tomó clara posición en la contienda bélica de los setenta, cooperando con la facción terrorista Ejercito Revolucionario del Pueblo (ERP) en … calidad de defensor de sus miembros, tomando destaque su papel “en la negociación por la liberación de Oberdan Sallustro como un verdadero hombre del ERP”.(1) Su vinculación a la guerrilla también venía dada por raíces familiares, dado que su hija engrosaba las filas del mencionado grupo terrorista. Por tales motivos, la imparcialidad que la cuestión amerita resultaría imposible en el primer mandatario.

La ideologización de los Derechos Humanos se tornaba tan evidente, que en marzo del 86 su gobierno votó en contra en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU para formar una comisión que investigue la violación de estos en Cuba.

Los terroristas exiliados (no en el tercer mundo, sino en países capitalistas donde aflora la vapuleada ‘sociedad de consumo’) regresan al país trayendo con ellos la estrategia gramsciana (consistente en penetrar y asaltar los aparatos educativos y culturales para desde allí promover el marxismo y dar venganza contra las FF.AA) puesta en marcha desde años antes, la cual es recibida con los brazos abiertos por el presidente radical quien designa en puestos claves de la cultura y la educación a personajes de la militancia gramsciana como Juan Carlos Portantiero, Beatriz Sarlo, Oscar Terán, Gregorio Klimovsky, Ernesto Lacleau y José Nun, entre otros.

De aquí en adelante el revisionismo ha sido la orden, la distorsión histórica la regla y la injusticia su consecuencia.
El revisionismo adoctrinante permaneció en creces durante toda la gestión alfonsinista, para luego apaciguarse en los gobiernos posteriores. Bastó tan sólo una sola chispa del gobierno K para reavivar e incrementar el fuego que supo generar Alfonsín: las heridas de los setenta volverían a abrirse, y el adoctrinamiento a través de la educación y la cultura a intensificarse.

En efecto, quienes han sido mayormente confundidos desde el alfonsinismo hasta nuestros días han sido sin duda las generaciones que no vivieron la época en cuestión, en especial aquellos jóvenes que, atraídos por nuestra historia reciente, no han escarbado en ella quedándose con la maniquea versión ofrecida, principalmente, desde el Ministerio de Educación de la Nación.

Para asegurar un adoctrinamiento eficaz al que ningún joven pueda escapar, el Estado se ha hecho de numerosísimas leyes (de las cuales citaremos tan sólo un puñado) que imponen educar a los alumnos en consonancia con las visiones falsarias que pretenden reivindicar a los terroristas. De esta forma, encontramos la ley 11.782 que indica “fomentar actividades que contribuyan a la información y profundización del conocimiento por parte de los educandos, del golpe de Estado perpetrado el 24 de marzo de 1976 y las características del régimen que el mismo impuso”.

Lo interesante es que las actividades que ordena la ley de marras contarán la historia a partir del 24 de marzo de 1976 (como la misma expresa), como si antes de esta fecha todo hubiera sido color de rosa. Del mismo modo la ley 12.498 otorga el “derecho de todo integrante a conocer la verdad acerca de la desaparición forzada de personas (…) ocurridas en relación con los hechos de la represión ilegal desarrollada entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983”.

Sería acertado entonces pensar que no tenemos el derecho de conocer la verdad sobre las 734 personas desaparecidas durante el gobierno constitucional anterior al Proceso (conforme a los datos recogidos por la CONADEP), ni sobre los 476 crímenes de perpetrados por la organización peronista AAA, ni de los 2000 terroristas indultados por el irresponsable Presidente Héctor Cámpora, ni por los 1358 homicidios cometidos en democracia por el terrorismo izquierdista (conforme diario La Opinión y La Prensa, ejemplares del 22 y 23 de marzo de 1976 respectivamente).

Para intensificar el adoctrinamiento en los más jóvenes, se da curso a la ley 25.633 que ordena “Instrúyase el 24 de marzo como día nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia en conmemoración de quienes resultaron víctimas del proceso iniciado en esa fecha de 1976. El Ministerio de Educación de la Nación, acordará la inclusión en los respectivos calendarios escolares en jornadas alusivas al día nacional”. De nuevo preguntamos ¿Antes del 24 de marzo de 1976 no ocurrió nada? Cabe aclarar que las víctimas del terrorismo marxista evidentemente no forman parte de los efusivos debates y actividades que ordena por ley el Estado y mucho menos cuentan oficialmente con su día nacional, silenciadas, ocultadas y discriminadas en el dolor como si se tratara de víctimas otra guerra.

Nada de malo tendría fomentar el debate y el revisionismo de nuestra historia reciente, todo lo contrario, pero ocurre que tanto la legislación citada, como los libros de educación requeridos en las instituciones educativas (quien escribe puede dar fe de ello pues tiene 19 años), promueven una historia maniquea, manipulada y por sobre todas las cosas, abiertamente falsa.

La penetración doctrinal no concluye en los colegios, sino que se vale también de los medios de comunicación social aprovechando sus beneficios audio-visuales para transmitir mensajes de mayor impacto psicológico e indudable carga emocional. El trabajo no resulta arduo para el gobierno, pues la mayoría absoluta de los medios son oficialistas. A partir de este momento las noticias relacionadas con los setenta pasan a ser moneda corriente; las telenovelas que abocan al tema generan estragos en los ratings nacionales; las canciones que recitan sobre “jóvenes idealistas y militares malos” aseguran su permanencia en las radios y “discos” de moda. El engaño pasa a ser sistemático, y sus consecuencias derivan en odios, rencores, olvidos, desmemorias e injusticias.

Las voces más silenciadas empiezan a gritar cada vez con mayor fuerza; aceptaron con resignación el permanente revisionismo que no nos deja avanzar en el tiempo, pero piden que sea completo, imparcial y despojado de revanchismos. El gobierno por su parte no cesará en el adoctrinamiento que viene perpetrando con exitosos resultados. Queda en usted, y sólo en usted, escuchar campanas conciliadoras e imparciales sobre los setenta o quedarse con el facilismo (al parecer inherente al pueblo argentino) de aceptar las mentiras impartidas desde el régimen.

El autor es un joven de 19 años que lleva más de cuatro años prestando especiales esfuerzos para la reconciliación nacional, investigando árduamente nuestro pasado reciente.

(1) Márquez, Nicolás. La Mentira Oficial. P 317. Edición del autor. 2006

Autor: Agustín Laje Arrigoni

Fuente:La Historia Paralela

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