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Los Kirchner: marginalidad oficial

Posted by Ramiro Duran en enero 29, 2008

Carlos Marcelo ShafersteinSumario: Una contribución a la exégesis de las manifestaciones presidenciales sobre el «cambio con inclusión», anunciado por la Dra Cristina Fernández al asumir la Primera Magistratura de la República Argentina. Análisis pormenorizado de un fenómeno social novedoso que se verifica desde el golpe de estado civil del 2001 hasta la fecha.

Piqueteros, cartoneros, cuidacoches y limpiavidrios

La administración Kirchner porfía en una táctica harto peligrosa con la cúpula de los llamados «piqueteros», engordándolos en la onerosa burocracia. Hay quienes dicen que es un costo demasiado alto mantener a esa guardia pretoriana de excluidos, asesinos y delincuentes. Políticas parecidas se han ensayado con pésimo resultado en otras tiranías, y en diferentes tiempos.

Mientras los bribones se pertrechan con armas, privilegios, poder, prepotencia e impunidad, los militares y policías fueron condenados (por la nueva ley del RENAR[1]), a escoger entre vivir desarmados o terminar sus días tras las rejas.

Los Kirchner necesitan para gobernar el mantenimiento en la degradación de esa eclosión social que fueron los marginales malogrados de la crisis desatada a comienzos del 2002.

Estos últimos —los cartoneros— proliferaron como consecuencia de la política de devaluación y pesificación asimétrica durante el régimen de acefalía que encabezara Eduardo Duhalde. Amplísimos sectores sociales abandonaban sus dignas viviendas de barrio y ocupaciones meritorias. Pasaron a rebuscarse el sustento en una aventura diaria con todos los componentes de la familia, padres e hijos incluidos, de toda edad.

Se generalizó el triste espectáculo de inmensos contingentes de fantasmas noctámbulos revolviendo los tachos de basura, buscando el elemento que les significara el sustento indispensable para la sobrevivencia. A los titulares de los gobiernos posteriores al golpe de estado contra De la Rúa sólo se les ocurrió la escasa imaginación de una dádiva de ciento cincuenta pesos mensuales y la consecuente entrega de subsidios, alimentos y enseres que inflamaban la humillación. Se generó así un sector resignado y justificadamente resentido de la comunidad argentina.

Copadas las calles de las ciudades por piqueteros anárquicos, se dio lugar al brote de los caciques sociales, prebendarios del régimen, beneficiarios de las cuotas masivas y las dádivas de los planes irónicamente llamados “trabajar” o “jefes y jefas de hogar”. Por su parte la invasión de los tesoneros trabajadores en la recolección de cartones —y demás objetos reciclables— ofreció el deplorable panorama de miseria que pasó a caracterizar a la noche ciudadana. Los cartoneros —entonces— constituyen un sector sujeto a la expoliación más deleznable y a una injusta e insalubre cultura del trabajo.

Las familias de los parias del cartón son como los protagonistas de una pesadilla infernal, que no tiene ningún horizonte, por lo que ya que no abrigan más esperanzas. De aparecer la posibilidad de contar alguna vez con verdaderos estadistas, a quienes se les ocurra elaborar una política para orientarlos hacia el mundo próspero de las inversiones, la asistencia financiera y la libertad, no saldremos nunca de esas absurdas contradicciones que singularmente ofrecen los ambientes políticos del populismo decadente que predomina en Latinoamérica, África y algunos lugares de Asia.[2]

Bloque Piquetero

¿Qué son las maras?

Las “maras” son un fenómeno social que se inició hace algunos años con las pandillas juveniles que ocupaban los barrios fronterizos de Estados Unidos y México. Son miles de jóvenes, hijos de la marginación y la falta de futuro, que arrasan como la marabunta, con todo lo que encuentran a su paso. El gobierno norteamericano los acusa de drogadictos, asesinos y hasta de formar parte de una red con Al-Qaeda. Ante la masividad del fenómeno —que incluye a El Salvador, Honduras y Nicaragua— ya existen leyes antimaras y un plan policial de mano dura para combatirlos. Para los progresistas, estos grupos son herederos de movimientos de resistencia como los “chicanos”, “pachuchos” y “cholos”.

Sabemos, entonces, que las maras son agrupamientos al estilo de pandillas conformados por jóvenes pobres, y su nombre (asignado por la policía a partir de una película de los años sesenta), proviene de marabunta y alude a la condición depredadora de las hormigas que arrasan cuanto encuentran a su paso. Se distinguen por el número 13, treceava letra del abecedario, la M, que significa la vida loca (marihuana) y “Mexicano”. La condición abarcadora del 13 también se ha expandido para integrar al conjunto de los barrios latinos, incluidas las maras.

En El Salvador, Guatemala, Honduras y México, las maras crecieron en contextos sociales definidos por conflictos profundos y debido a la poca expectativa de desarrollo que tienen los jóvenes frente a problemas urbanos como el desempleo, la explotación del trabajo infantil, la violencia urbana y civil y la deportación de muchos jóvenes que habían emigrado al norte durante los años de guerra civil. Se considera que los potenciales integrantes de las maras son jóvenes que crecieron en contextos suburbanos de los años ’80: los deportados de Estados Unidos; parte de los 100.000 huérfanos de las guerras civiles latinoamericanas; las víctimas de las represiones policiales en la guerra fría, y los jóvenes que no encuentran opciones que les permitan acceder a una vida distinta a los precarios espacios, en una Latinoamérica signada por la pobreza y la miseria. Mediante una recurrente antonomasia mediática, las maras devinieron en violencia, asesinato, robo, violación, delincuencia, secuestro y pandillerismo.

Mara salvetrucha

Códigos villeros

Entre los elementos que los definen se encuentran los de orden estructural, económico y social que marcan las condiciones de vida de una población caracterizada por el estado de indigencia de amplios sectores sociales en América Latina: la desarticulación de las relaciones agrícolas tradicionales, las migraciones de campesinos hacia las ciudades, la descomposición de los centros de habitabilidad urbana a partir de la violencia en la metrópoli; la ausencia de empleo que propician las ocupaciones marginales (limpiavidrios, cuidacoches o saltimbanquis); las transformaciones familiares que incluyen a decenas de miles de huérfanos por la fragmentación familiar derivada de la pluralidad de padres, madres y hermanastros.

La villa controla las lealtades y potencia los anclajes de pertenencia, por ello la mara argentina, al igual que el “barrio cholo” en otros países vecinos, define diversas formas de integración, como son los ritos de iniciación, entre los cuales se encuentra la pelea entre nuevos habitantes y viejos miembros del barrio. El objetivo: conocer las habilidades y evaluar el respaldo que se dará en caso de lucha con otros barrios o personas. La iniciación de las mujeres también varía, existiendo algunos donde deben tener relaciones sexuales (trencito) con los hombres.

Un elemento asociado a los barrios es la llamada vida loca: violencia, drogas, cárcel y muerte. Al mismo tiempo, se presenta una particular forma de articulación con el mundo del narcotráfico, condición que afecta y potencia las formas de violencia y define un patrón similar de consumo. La muerte, especialmente la muerte artera, resulta compañera inseparable en “el barrio”, donde participa en forma magnificada en las rutinas cotidianas. La vida loca conlleva la cárcel como marca y destino presente, cercano. La constante en condición laboral son trabajos mal pagados, sin prestaciones ni seguridad en el empleo. La villa sustituye la función que correspondería a diversas instituciones sociales, proporciona satisfactores que la sociedad debería dar a los jóvenes tales como seguridad, espacios de interacción, sexualidad, entre otros.

Los jóvenes actúan mediante códigos de honor y orgullo a través de los cuales se definen a sí mismos; viven un constante proceso de prueba que comienza con los ritos iniciáticos para ingresar a la gavilla. La muerte no es futuro ni probabilidad, sino certeza cotidiana y artera. Los símbolos son las canciones antiguas, o raperas. El niño de la villa ya es un “viejo” a los diez o doce años. Esgrime una imagen estoica de seguridad que le proporciona su adscripción al barrio, pero carece de poder social, de capacidad económica, de defensa frente a la extorsión policial y las redadas.

Niños de la calle

“Las maras no existen en Argentina” [¿?]

En la Argentina, la versión oficial indica que existen pandillas, mayormente de menores de edad, que aún no llevan el nombre de maras, aunque comparten sus características más distintivas. Sin ir más lejos, Matías Bragagnolo fue asesinado por una pandilla que eran ni mareros ni villeros: eran “chicos” de la nueva clase media, producto de matrimonios múltiples por la generalización del divorcio y la disolución de la familia constituida. Ocho, de cada diez menores delincuentes fueron víctimas o testigos de la violencia intrafamiliar.

Las principales conductas delictivas de las maras son la delincuencia organizada; posesión de drogas; portación de armas de fuego, robo, homicidio, lesiones, daños en propiedad ajena, secuestros, delitos sexuales y extorsión.

Las maras fueron ganando cada vez más terreno y comenzaron a ser utilizadas por los grandes carteles del narcotráfico para sus operaciones de traslado y distribución de drogas. Esa es hoy la principal fuente de ingresos. Aunque también obtienen divisas cobrando el “impuesto revolucionario” a las empresas de transporte público, a los distribuidores de alimentos, los comercios y hasta a los propios vecinos. El fenómeno conmocionó gradualmente a Estados Unidos y a todos los países centroamericanos, y motivó que los cancilleres de todo el continente reunidos en la asamblea anual de la OEA, se comprometieron a lanzar una ofensiva contra lo que, dijeron, “es ya una plaga”. Pero los expertos argentinos en delincuencia juvenil aseguraron que en nuestro país no hay maras. “Las bandas de pibes chorros no alcanzan de ninguna manera este nivel de organización y sofisticación. En nuestros barrios no hay una influencia fuerte de la cultura anglosajona de la pandilla”, explica Alberto Morlachetti, un sociólogo creador de la “Fundación Pelota de Trapo”.

Sin embargo, también hasta los más “progres” coinciden en que en Argentina están dadas todas las condiciones de marginalidad, pobreza, corrupción y exclusión como para que proliferen las maras y muchos otros males que afectan a los casi 10 millones de chicos pobres que hay aquí. “Si mantenemos estos niveles de exclusión, si dejamos que cada día miles de chicos salgan a mendigar, si sigue profundizándose el hambre entre la población, en menos de diez años podemos tener las maras acá”, asegura Juan Pegoraro, titular de la cátedra de Delincuencia y Sociedad de la UBA. Por su parte Daniel Míguez, investigador de FLACSO, cree que “estas modas siempre van a estar tamizadas por la propia cultura, y esto no permite predecir cómo y cuándo vamos a llegar a las maras. Tendrán características comunes y otras diferenciales, pero podríamos llegar a tener estas grandes bandas”.[3]

Pero lo cierto es que cuando la violencia estalla y la paz social sólo se presenta como un fetiche de la “guerra”, nos encontramos con las maras. Aquellas pandillas que invaden Centroamérica poniendo de manifiesto una nueva forma de composición social, de percepción de la violencia, evidenciando nuevos modus operandi, además de diversas formas de pensar y sentir la realidad social. La seguridad interior y exterior de la Nación debería ser un asunto a resolver por el Estado. Si el gobierno es prescindente o la Ley es débil, alguien se va a encargar de llenar ese espacio fuera del Derecho.

En tal razón, las maras son organizaciones ilegales que, luego de difundirse en Centroamérica y el resto de América latina, de buenas a primeras comenzaron a penetrar en otros países. El aumento de la inseguridad en la Argentina es una cuestión de antecedentes autóctonos. De allí a que —se acepte o no la denominación de mara— hay un peligrosísimo paso hacia el abismo, que tal vez ya se dio.

Somos atónitos testigos, presenciando el nacimiento de una nueva clase destinada a “liberarnos”, algo así como el proletariado abstracto del marxismo, o el “hombre nuevo” con que nos engañaban los curas tercermundistas.

El surgimiento de las “tribus urbanas” y de las maras no marca demasiada diferencia entre ambas. Con características bien diferenciadas pero con un fuerte fundamentalismo, ambos grupos ponen en cuestionamiento el orden social establecido. Además, las maras se caracterizan por un fuerte proceso de descomposición social que se viene dando en Centroamérica y que parece querer propagarse por todo el mundo, mediante la reproducción de la violencia como respuesta a las “injusticias” de las que creen ser víctimas.

Aquí se las niega como tales, aunque los sociólogos oficiales no desconocen la proliferación de las denominadas patotas, aseguran que no tienen las mismas características que las maras, sí poseen un manejo de la variable violencia, imponente y jactanciosa. Oficialmente —entonces— no hay mareros en Argentina pero si hay una importante conformación de grupos que manejan códigos específicos que cuidan su lugar. El caso de las villas es ejemplificador, las situaciones de violencia que se viven en el interior de esos estrechos pasillos son alarmantes. Lo mismo ocurre con las rivalidades entre los distintos asentamientos. La entrada de la policía a la villa por cierto no es fácil y hasta francamente imposible. Fuerte Apache, una de las más conocidas junto con Ciudad Oculta son de muy difícil acceso para las autoridades policíacas.

villlas

Hipótesis de conflicto

Hoy se analiza un problema candente que afecta en forma directa a la Argentina y que se presenta con toda crudeza: la situación que se vive simultáneamente en Rio de Janeiro, en Bagdad, en México DF y en Buenos Aires. Por supuesto que podríamos seguir con Lima, Johanesburgo, Bangkok, Jakarta, y hasta ciudades del Este europeo como Postdam, Bucarest, y diversos rincones de la tierra.

El individualismo, como una de las características más sobresalientes de la modernidad, pretende ser opacado por el surgimiento de estos grupos, que entablan un sentimiento de pertenencia con una serie de ideas y criterios estéticos que los distinguen del resto de los miembros de la sociedad. Las “tribus urbanas”, tienen una estrecha relación con la moda y la experimentación de fuertes emociones internas, vividas en el interior del grupo y que parten de nuevas formas de construcción de lo social. Lo que buscan básicamente, es vivir con el grupo, alejados de lo político. Aunque cuestionan notablemente el sistema en el que se vive.[4]

Al igual que los mareros, los comúnmente llamados villeros, no son todos delincuentes. Sin embargo al ser parte de ese espacio físico se los etiqueta como tal. Representan a un sector marginal de la sociedad, y como los no delincuentes son una minoría el rescate de los mismos de la mayoría se vuelve mucho más complicado.

Se desprende entonces que las maras podrían haber llegado extraoficialmente a nuestro país porque hay antecedentes de grupos violentos que han tomado muchas de las características más sobresalientes de las maras. Como estas últimas lo hicieron con los cholos y pachuchos, los villeros, u otros grupos signados por la violencia pueden adoptar los códigos de los mareros y adaptarlos a nuestra sociedad.

Cocaína peruana o colombiana a cambio de armas “calientes” argentinas. Narcos peruanos afincados en Buenos Aires a las órdenes de carteles de droga brasileños. Sicarios que cruzan las fronteras. Sicarios que matan sicarios, por drogas. La trama que comenzó con una guerra entre bandas de traficantes peruanos por el control de distintos barrios de la Capital Federal se hace cada vez más compleja; Marco Antonio Estrada Gonzáles —(a) “Marcos”— es el jefe del negocio de la droga en la villa 1-11-14 del Bajo Flores, —actualmente prófugo—intermediario en la estructura de traslado internacional de droga en poder de carteles brasileños. Estos la importarían tanto vía Lima como Bogotá y la cocaína tendría como destino principal España. Un detalle: el peruano que fue detenido en Parque Avellaneda con 174 kilos de cocaína, luego de chocar con su auto, llevaba entre sus ropas papeles con varios teléfonos de España. Y él mismo reconoció —antes de negarse a declarar— que trabajaba para una remisería de la Villa 1-11-14, señalada como vía de distribución de drogas de la banda de “Marcos”. La denuncia contra Estrada González en un principio fue elevada por la Policía Federal a la fiscalía federal de Eduardo Taiano. Pero según pudo saberse, este funcionario —previa desestimación— le mandó copia de todo al juez federal Jorge Ballestero quien tiene a su cargo la investigación más profunda —pesquisa hoy prácticamente archivada por inactividad— sobre la guerra de narcotraficantes peruanos.[5]

En realidad enfrentamos a una multitud amorfa, a la que se le suministra el mínimo necesario para la mera supervivencia. Masa que es penetrada por las sectas evangélicas, los narcotraficantes de toda laya, los punteros del régimen, las bandas —o decididamente maras— armadas de diverso origen, y el veneno constante de los medios controlados desde las centrales de la contracultura. Se trata de la masa que Perón siempre oponía como antítesis a la Comunidad Organizada.

El Departamento de Defensa norteamericano ya tiene identificado el problema, donde se entrevera la democracia como valor en abstracto, la libertad de comercio, la creación de empleos, la igualdad de oportunidades, la salud, la información, el control social; en fin, bananas y elefantes, unicornios y polietileno. Las periferias urbanas de los países del tercer mundo se han convertido en escenarios de guerra, donde los Estados intentan mantener un orden asentado en el establecimiento de una suerte de “cordón sanitario” que consiga aislar a los pobres de la sociedad “normal”.

Grozny, la capital de Chechenia, logró controlar un proceso avanzadísimo que llegó a amenazar la existencia misma de la Federación Rusa. Putin comenzó por resolver el problema militar, llevando a los rebeldes al borde del exterminio final. Con criterio darwiniano, llamó a los pocos sobrevivientes y les ofreció compartir el poder. Hoy Chechenia tiene el ritmo de crecimiento más alto de Asia, muy superior a los centros más urbanizados de China. Las encuestas socialdemócratas no pueden ocultar la popularidad de Putin y de los rebeldes convertidos en esa zona pacificada. Por supuesto que los métodos utilizados son criticados por el Departamento de Estado y la Unión Europea. Pero, por aquello de que la realidad suele ser la única verdad, no pasará mucho tiempo antes de que los franceses terminen aplicando estos mismos métodos en París. Sarkozy parece encaminado en esa dirección.[6]

En Río de Janeiro se puede dar una situación parecida, que puede terminar bien si se siguen los mismos criterios. ¿Cuáles son? En pocas palabras: primero aislar el foco, luego aplicar mano dura sin contemplaciones; finalmente negociar con los sobrevivientes y otorgar beneficios reales, dando prioridad a los más débiles.

El urbanista norteamericano Mike Davis analiza las periferias urbanas desde su compromiso con el cambio social. Una sola frase sintetiza su análisis: “Los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo”[7]. Asegura que los estrategas del Pentágono están dando mucha importancia al urbanismo y la arquitectura, ya que esas periferias son “uno de los grandes retos que deparará el futuro a las tecnologías bélicas y a los proyectos imperiales”.

Pero mientras que en todo el mundo se trata de aniquilar el fenómeno de “la mara” para proporcionarle una mediana seguridad al ciudadano medio, en Argentina sucede lo contrario: se la niega.

Por supuesto que no constituyen hipótesis de conflicto militares —como está sucediendo a nivel internacional— porque las Fuerzas Armadas están siendo desprestigiadas ante la sociedad, como programa de gobierno, y su disolución está garantizada por la ausencia de asignación de misiones. Su función prioritaria es suministrar legajos para encarcelar a los viejos Soldados veteranos de la Defensa Nacional en otras guerras.

Además, como ya se derogó definitivamente el Servicio Militar Obligatorio —donde el Estado relevaba el estado sanitario de sus muchachos, los capacitaba en un oficio, los alimentaba y completaba su educación— los jóvenes desempleados están en el “microemprendimiento” del cartoneo, o de obtener la monedita “para comer” [o para el paco, la birra], como “cuidacoches” o altamente agresivos limpiavidrios en las esquinas donde el semáforo obliga a los conductores a detenerse. Pero muchos —directamente— optan por el fácil camino del crimen sin retorno, al amparo de las gavillas estimuladas por leyes exageradamente garantistas benignas. Surge así —como consecuencia matemática— la multiplicación de la muerte violenta, que supera holgadamente los contados accidentes que en “la colimba” estaban raramente expuestos a sufrir.

Por su parte las fuerzas de seguridad [Policía Federal, Policías provinciales, Gendarmería Nacional y Prefectura Naval] están seriamente restringidos por las leyes y los escasos presupuestos, deben limitarse a proteger y darle seguridad a “los piquetes”, cuidándose muy bien de respetar los “derechos humanos” de los delincuentes.

Además, aquí los marginales son votantes potenciales, funcionales a la perpetuación del régimen en el poder. No se los separa de la sociedad, pero tampoco se los rescata de su apiñamiento y frustración. Se alimentan estos rencores porque el estado clientelista y prebendario necesita de los menesterosos y descastados para ganar más elecciones. Además, estos “cuentapropistas” contribuyen a descender los índices oficiales del desempleo, ya que no buscan más trabajo convencional.

Macabras conclusiones

Sin embargo el problema más grave de la Argentina —donde la miseria es incentivada como sustento básico electoral, y por lo tanto no constituye problema alguno para el gobierno—, y también en buena parte de nuestra América, ya que la consolidación de estos cordones de miseria están sometidos al capricho y favor de los personajes que actualmente detentan el poder, como Evo Morales, Hugo Chávez, Rafael Correa y hasta la propia Cristina Kirchner.

En la Argentina “se la rebuscan” en el infortunio —intentando evitar la explotación o tener que vivir de cartonear a toda costa o, peor aún, ser míseramente explotados por los talleres de ropa que los obligan a confeccionar prendas imitación “de marca” que será comercializada al por mayor en “La Salada”, trabajando “a cama caliente”— más de 3.000.000 de inmigrantes ilegales, bolivianos, paraguayos, peruanos, chilenos, uruguayos y ecuatorianos.

Son precisamente los inmigrantes ilegales peruanos los que el humor social porteño tiende a etiquetar como los más peligrosos, porque eran “portadores sanos del virus de la mara” y la importaron finalmente a la Argentina. Puntualmente, los barrios de San Telmo y Constitución se caracterizan por tener una gran cantidad de propiedades tomadas o usurpadas, y quienes se ven forzados a convertirse en “okupas” para no dormir en la calle son —en su mayoría— personas originarias del altiplano.

El problema de estos barrios no son ya los violentos cuidacoches que provienen de aquellos países, o su prole. Son sus conciudadanos que han constituido las verdaderas maras que —convirtiendo las propiedades tomadas en auténticos aguantaderos de delincuentes— comercializan drogas y monopolizan actividades como el robo de automotores, las “salideras bancarias”, siendo levantacoches, asaltantes violentos contra ciudadanos en la vía pública y punguistas.

Esta categoría ciertamente deleznable de inmigración ilegal se ha aprovechado de la benevolencia de las sucesivas administraciones democráticas de la Argentina, pues en nuestro país ningún ciudadano extranjero puede ser procesado si no posee un documento nacional de identidad. El procedimiento policial ante un ilícito consiste en retener por pocas horas al inmigrante que cometió el delito, identificarlo y luego notificar al Departamento de Migraciones. Pero Migraciones rara vez deporta ciudadanos ilegales. Normalmente, esta repartición pública elabora un acta y el delincuente es liberado al poco tiempo. Por supuesto, reincide en su actividad y jamás recibe el castigo correspondiente por parte del sistema penal local.

A los efectos de nombrar un caso puntual, los presidentes del Perú se han hecho eco de esta realidad, y en cada encuentro entre mandatarios esta cuestión es la primera en la agenda para los incaicos. Los políticos peruanos se han asegurado siempre que lo peor de sus ciudadanos siga viviendo en la Argentina. El efecto de una devolución masiva de ciudadanos peruanos a su país, por parte de autoridades argentinas —lógicamente— conllevaría un incremento importante en las mediciones de desempleo, crimen y pobreza en el país vecino. Y esta es una estadística que los funcionarios del Perú no están dispuestos a enfrentar en sus propias urnas.

En definitiva, no es casualidad que la camarilla montonera haya priorizado la demolición de las Fuerzas Armadas, herramienta sin la cual el crecimiento exponencial de dichos cordones de violencia resulta irreversible.

Mientras el Juez Ballestero “investiga” los laboratorios y fábricas del Bajo Flores están en plena revolución productiva. Porque “cuando el gato no está los ratones bailan”. Tres “prófugos” de la mara son lugartenientes de “Marcos”, que siguen operando en la zona y recaudando para él, a quien le hacen llegar el dinero producto del negocio. La organización local está compuesta por los “soldados”, que son jóvenes de menor rango. Y son los minoristas que venden en las esquinas de la villa entre la manzana 18 y 21. Cada seis horas un recaudador se encarga de retirar el producto de la venta, que va directo a los “administradores”. La materia prima se trae de afuera, y en la villa se convierte en clorhidrato de cocaína. El circuito se completa cuando se envía el dinero al exterior. Para ello utilizan a ciudadanos peruanos nacionalizados (son sólo el 10% de los peruanos con residencia legal) que alquilan sus DNI por $50 por prestar la identidad para hacer los giros. El lavado de dinero se hace con la compra de propiedades, por supuesto fuera de la villa.[8]

Las “mulas” son las encargadas de ingresar la droga al país. Viajan con la carga de cocaína en el estómago, en cápsulas que tienen que ingerir y luego evacuar, las cuáles pueden romperse dentro del cuerpo y provocar la muerte casi instantánea. Se dice que existen unas tres agencias de remises que funcionan en la villa que fueron determinadas como transportistas de la mara. De acuerdo al mapa de la cocaína diseñado por el laboratorio químico de la Policía Federal la villa 1-11-14 es la mejor posicionada en calidad, porque su destino es hacia Europa y Estados Unidos, a donde Estrada González la exportaría en barcos factoría de la empresa pesquera Conapresa[9] y otros buques de bandera de conveniencia, incrustados en containers y silos acondicionados para el transporte.

Capsulas cocaina

Según el célebre doctor Sergio Schoklender, “…históricamente, los bandoleros representaban una forma primitiva de protesta social, un fenómeno de sociedades primitivas, agrarias, tenazmente tradicionales, de estructura precapitalista. Eran fundamentalmente campesinos y trabajadores sin tierra, oprimidos y explotados por otros, como ser: señores, ciudades o sus propios gobiernos…”

“La visión que tenían los diferentes estratos de la sociedad, sobre este tipo de bandidos, era paradójica. Por un lado, eran considerados criminales por el Señor y el estado; mientras que por otro lado, permanecían dentro de la sociedad campesina, siendo vistos como héroes, vengadores, o luchadores por la justicia”.[10]

Los argentinos deberán resignarse a vivir en la idea que ésta es la normalidad.

1 Disposición del Ministerio de Defensa Nº 487/2007, modificatoria de la Ley Nacional de Armas y Explosivos Nro. 20.429, y su Reglamentación aprobada como Anexo I al Decreto Nº 395/75, las Leyes Nros. 24.492 y 25.326, los Decretos Nros. 1023/06 y 690/07, publicada en Boletín Oficial del 3 de diciembre de 2007.

2 “Algunos horrorosos errores K: Dubay, el FMI, piqueteros y cartoneros” por Ernesto Poblet (El autor es abogado, historiador y profesor de Derecho Internacional Público) epoblet@fibertel.com.ar

3 “Maras: el azote de Centroamérica y EE.UU. ¿Llegará a la Argentina?”, por el Licenciado Gustavo Sierra, enviado especial a Tegucigalpa. Informe publicado en Clarín, el 12 de junio de 2005 gsierra@clarin.com. Según el especialista, estass pandillas juveniles se armaron en Los Angeles y se ramificaron por América del Norte y Centroamérica. Ya tienen filiales en Ecuador y Perú, Australia y el Líbano.

4 Fundación Rodolfo Walsh. Investigadora Lic. Laura Inés Etcharren, en la publicación digital editada el 12 de diciembre de 2005 en http://www.rodolfowalsh.org/spip.php?article1690

5 “Los narcos del bajo Flores”, por Virginia Messi. vmessi@clarin.com, en Clarín, 8 de julio de 2007.

6 “La militarización de las periferias urbanas” por Raúl Zibechi, 22 de enero de 2008 Upside Down World – Hartwick,NY, USA http://upsidedownwo rld.org/main/ content/view/ 1096/1/

7 http://www.ircamericas.org/esp/4906 – _ftnref2 Mike Davis en www.rebelion.org

8 “Marcos” dejó tranquilamente la Argentina en un avión Cessna 172 de su propiedad, que mantenía en el Aeroclub de Saladillo

9 Según SEPRIN, que dirige Héctor Alderete, y Tribuna de Periodistas, que edita Christian Sanz “Habría que investigar a fondo la relación de Néstor Kirchner con la empresa Conapresa y si esta empresa trafica droga por intermedio de sus buques o sus exportaciones con protección presidencial”. http://www.seprin.com/menu/Los_Mirage_del_Cartel_de_Juarez.htm

10 Schoklender, Sergio: “El Derecho a la Violencia”. Jornadas preparatorias para la creación de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. Primer Seminario de Análisis crítico de la realidad argentina (1984-1999). Ciclo de conferencias pronunciadas en la Asociación Madres de Plaza de Mayo iniciadas el 20 de noviembre de 1999. http://www.madres.org/asp/contenido.asp?clave=163 y http://www.madres.org/asp/contenido.asp?clave=164

Fuente:La Historia Paralela

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Una respuesta to “Los Kirchner: marginalidad oficial”

  1. Ricardo Hambouris said

    Veo en su articulo una descripción bastante aproximada de la gente sin recursos de la Argentina, no obstante no coincido con que esta marginación surgió de la gestión de Kichner y que no le preocupa en resolverlo ya que forman parte de su sustento electoral.

    Le recuerdo que cuando Duahalde y despues Kichner tomaron el poder estábamos al borde de la guerra civil. Es prueba de ello que nadie con potencial político quería tomar en ese momento el gobierno y preferían esperar que otro hiciera la tarea poco grata de manejar una profundisma crisis.

    Por esa razón pudo un poco mediático gobernador de una provincia muy chica llegar a ser el candidato del partido mayoritario, después de varias negativas de otros prospectos mas potables.

    Como conclusión podemos ver entonces que los diez años en que Menen y Cavallo ensayaron una relación con el dolar estupidamente baja, sumada a una más que generosa apertura de nuestro mercado interno al mundo globalizado, dieron como resultado que miles de trabajadores Argentinos quedaron sin sus empleos por cierre de las industrias locales y sin posibilidad de trabajar en otro sitio ya que no se abrian nuevas plantas. Los que pudieron se fueron a otros paises, y los que, bueno ya se sabe, lo que Usted muy bien describe.

    Este panorama se fue revirtiendo de a poco y aparecieron nuevas plantas durante estos últimos años. El nivel de desocupación bajo.

    Como siempre hay gente que se aprovecha de situaciones de coyuntura y en lugar de volver a emplearse prefieren mendigar o lo que es peor delinquir. Comparto con Ud que eso debe ser solucionado, pero la Argentina esta ahora creciendo y hay mas chances para el que quiere trabajar.

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