¡No me dejen adentro!

roberto bendiniAnte la posibilidad de no ser incluidos en algún brillante negocio los argentinos hicieron famoso el “¡No me dejen afuera, en este recién iniciado Siglo XXI, la misma creatividad ha impuesto el ¡No me dejen adentro! – utilizado por todos aquellos que no quieren quedar pegados a la figura de Néstor Kirchner en momentos que lo que parecía un Reich de 1.000 años comienza a derrumbarse.A políticos que repentinamente buscan “un nuevo espacio”, periodistas que de obsecuentes han pasado a ser “moderadamente opositores” y fieles amigos que ya no lo son tanto, se les ha unido un Jefe del Estado Mayor que en algún momento adquirió trascendencia por su afición a redecorar dependencias militares, quien con una tímida referencia a cerrar heridas del pasado despertó las iras de su Comandante en Jefe, el que ya venía arrastrando una crisis existencial por la falta de reconocimiento a los éxitos de su gestión, lo que hace suponer un futuro incierto a la continuidad de este teniente general al frente de sus tropas.

Que este militar no haya comprendido que la subordinación que debía prestar era a la Constitución Nacional, no a su ocasional comandante en jefe y que ello debía ser acompañada por el valor que tal actitud requería, seguramente hará que no cuente con la solidaridad de sus compañeros de armas al momento der haber caído en desgracia.

Autor: Sigfredo Durán

Email: siggyduran@gmail.com

Fuente:La Historia Paralela

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Una respuesta

  1. Hay un viejo axioma militar y / o policial, que dice que los jefes pasan y los compañeros quedan, al parecer Bendini lo está recordando, de a poco, para que el jefe no se enoje, en ese sentido va su discurso para el día del Ejército, el abrazo con Mohamed Alí Seineldín en el 25 de infantería en Colonia Sarmiento, y el respeto con el que se dirigió a él, y no es para menos, por más que a los gobernantes de turno no les guste, ambos militares estuvieron juntos en Malvinas, ahí se produce algo que los civiles nunca entendieron: dos hombres que espalda contra espalda, por no decir otra cosa, han compartido un combate, más duro ó menos sangriento, desarrollan un sentimiento de camaradería que no se dá en ninguna otra actividad, “ese hombre que armas en mano cuidó mi espalda, es digno de todo mi respeto y no soy quien para convertirme en juez de sus actos “, lo mismo le pasa al otro, y así se forma una especie de comunión que se puede extender a todo un pelotón, una compañía, un regimiento.-

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